Un finde sin alcohol (2 de 3), por el Dr. Jara

lunes, 6 de abril de 2009

En esta parte participamos solo Isra, Justo y yo, por lo que recomiendo al resto de Gentuza que no se molesten en leer esta chapa, mas que nada por que se van a aburrir.

Segunda parte: viernes.

Sin ningun tipo de resaca, salí el viernes con la misma mentalidad que cuando intento ligar con alguna chata: con ilusión, pero con ninguna esperanza. Al ser viernes, la Gentuza estaría compuesta solo por Justo, Isra y yo. Así que sabia que, para mi regocijo, no iríamos a la Tuca, sin embargo, también sabia que, para mi desgracia, iríamos a un lugar peor, los Timbales.

Mujer rubia de unos 55 años, pero que aparenta 110 debido a la abundancia de arrugas en su rostro nos recibe sin apenas mirarnos mientras juega al tute con otros tres individuos que se marcharon nada mas vernos. Con bastante indiferencia sirve a estos dos una jarra de cerveza. Yo me pido un nestea, comienzan las risas, vítores y aplausos.

El sabor del Nestea es muy común, es como si a una botella de agua le metes cuatro limones y se queda el sabor ahí. El color no es precisamente agradable, como una diarrea diluida con hielos.
Me tome dos Nesteas. Cada uno cuesta dos euros, por lo cual deduciréis sabiamente que pague cuatro euros. Por un euro mas podría haberme tomado un litro de ron con cola, y así aguantar a mis amigos con una sonrisa falsa en la boca, pero no pudo ser.

Estábamos los tres solos en el bar, viendo un programa absurdo en la televisión, cuando entro un hombre de complexión medianamente gruesa que parecía llorar semen. Se acerco a la barra y pidió un Rioja. La señora Emilia se lo niega, no tiene. Entonces le pide un Ribera, pero la camarera le explica que solo tiene vino de cartón, para preparar el calimotxo. Resignado, el individuo se da la vuelta, le da las gracias y se va, no sin antes quedarse embobado mirando el cuadro de Santurce que Emilia tiene ahí desde tiempos inmemoriables.

A los diez segundos volvió el hombre totalmente decidido a tomarse un vino, sin importar la calidad. No tardamos en entablar conversación con él, pues curiosamente tenia un gusto musical bastante parejo al nuestro. Y así, entre canciones de AC/DC, jarras de cerveza, chatos de vino y los sabrosísimos Nesteas, pasamos gran parte de la noche. Hasta que nuestro nuevo acompañante paso repentinamente del estado sobrio a una ligera cebolla de verborrea, ocasión que aprovecho para hablarnos de fascismo, de dictadura, de idiomas occitanos y demás. Por suerte, pronto Israel le interrumpió con un par de chistes de excelente calidad que, solo por ser contados con acento andaluz, se merecieron nuestras carcajadas. Pero el acompañante, lejos de amilanarse, contraataco con varios chistes, entre ellos el de la canoa, que todos conocéis ya, y que hicieron que me estuviera riendo durante un buen tiempo.

Así pasamos la primera parte de la noche, hasta que a las 2 y pico obligue a la Gentuza que me acompañaba a levantar el campamento. Se habían tomado dos jarras de cerveza cada uno, por lo que Emilia quiso invitarnos a un chupito de bourbon. Lo acepte. Me vino bien, me calentó el estomago, me agudizo los sentidos y me templo los nervios. Después, Isra y Justo tardaron media hora en salir del bar, entre que se ponían la cazadora, se despedían de nuestro nuevo amigo y le decían adiós a Emilia.

Por el camino hacia otro bar, propuse ir al Candela o al Fresas, como casi siempre hacemos, pero Justo impuso ir al Charro, moción a la que Israel se sumo al instante, así que me toco ir. Nunca había estado en ese bar sobrio y, francamente, es un lugar extraño. No solo es aburrido, si no que te cambia el carácter. Gente de mal ver saltando y empujándose al ritmo de, a veces música heavy, a veces ruido de doble bombo. La plebe se chocaba contra mí, molestaban mi permanencia en la barra, me obligaban a ponerme “fuerte” para que no me desplazaran. Mis ojos se entrecerraron y mis pupilas se dilataron en la oscuridad, mirando con odio a todo el que me rodeaba. La educación y buen ser que normalmente me caracterizan desaparecieron, se esfumaron de repente. Sin copa, apoyado en la barra con los brazos cruzados, vestido totalmente de negro, algunos payasos me miraban extrañados y yo les devolvía la mirada desafiante, como si creyera que podía enfrentarme a una manada de punkarras con la ayuda de dos amigos borrachos. El roce de una mujer muy ancha que estaba apoyada en la barra comenzaba a molestarme, y a hastiarme. No quería el contacto humano con nadie, y menos con nadie de ese tipo, aunque la muchacha era normal y corriente. Como si me estuvieran empujando desde el otro lado, le di un culazo y la aparte medio metro mientras yo miraba a mi inexistente agresor, creando así un espacio vital en el que me sentí cómodo, con unos diez o veinte centímetros a cada lado de los brazos.
Al poco rato, se me acerco un chaval que tendría mi edad:

- Perdona, ¿me dejas pedir?

Lo normal, lo que siempre hago, es decirle “claro, como no” y quitarme durante un minuto. Pero no estaba precisamente de humor. Me di la vuelta, mirando hacia la simpática camarera, y le dije

- Lo siento, yo también estoy pidiendo. Tienes sitio en esa zona de ahí.

Me podría haber llevado una hostia si el tipo hubiera sido un poco agresivo, pero fue más inteligente que yo y se marcho con una mirada de lastima hacia mí.
Antes de que pasaran cinco segundos estaba ya arrepentido de mi estúpida conducta. Para intentar quedar algo bien decidí pedirme algo, para que el chaval que me pidió sitio se pensara que realmente no le dejaba por que estaba pidiendo. Así que me pedí un bourbon con cola. En el Charro me conocen y saben que me gusta el Jim Beam, por lo que me lo sirvieron rápido. Acto seguido encogí los brazos y me hice a un lado, dejando un buen hueco en la barra para que la pobre gorda que estaba a mi lado pudiera sentirse cómoda.

Poco después, por fin, llegaron Isra y Justo, que habían estado hablando con Chuchi en la puerta del bar. Se pusieron a mi lado, pero tenia menos ganas de hablar que de costumbre. No paraban de preguntarme que era lo que me pasaba, pero no contestaba. Hasta que al final les comente que no tenia ninguna gana de estar en ese bar, y empecé a lloriquear exigiéndoles que nos fuéramos de ahí.
Debí tocar la fibra sensible de Justo, por que al terminarse la copa me pregunta:

- ¿Dónde te gustaría ir?
- Pues no sé, al Fresas. Pero me da igual, por mi no lo hagáis.
- Venga, bébete la copa que nos vamos.

De nuevo me sentí algo mal por tener que condicionar a mis amigos a hacer lo que se me antojara, y por contagiarles mi amargura. Este sentimiento se acrecentó aun más cuando, al llegar al Fresas, vimos que el aforo no superaba las 6 personas. Fue en ese momento cuando me plantee dejar de salir cuando no tuviera posibilidad de beber, pues lo único que había conseguido esa noche fue ponerme de mala hostia, tratar sin respeto a la gente, amargarme y tener a la pobre Gentuza puteada. Intentando redimirme, me acerque a Justo y, sabiendo que querían ir al Paki Palla, le dije

- Esta copa y nos vamos, ¿vale? Que aquí no hay nadie...

Pero a Justo se le debieron hinchar los cojones, por que cogió a Israel y le dijo:

- Israel, apunta este día. ¡Es el día de hacer lo que le salga de los cojones a Jara!

No dije nada mas, tampoco quería que se enfadaran conmigo. Además, ambos estaban entablando sendas conversaciones con dos amigos. De todas formas, no tardaron mucho en terminar.

Nos fuimos. De camino al Paki Palla nos abordo una relaciones publicas del Avalon, poco agraciada por la diosa de la belleza. Israel empezó a “vacilarla” fingiendo un cortejo, y yo tuve la fatal idea de tocarle el pelo, rizado, que lo tenia muy bonito. Desde ese momento la chica se aferró a mí, no me soltaba mientras me hablaba y me hablaba. Instantáneamente, como por impulso, Isra y Justo siguieron su camino, abandonándome a mi suerte, solo contra el peligro y sobrio, como desembarcar en Normandia sin un rifle, solo puedes correr. Eso fue lo que hice, correr, alegando que mis “amigos” me esperaban.

Tras la carrera, entre en el Paki Palla. Nada del otro mundo, me encontré con lo que siempre hay. Israel se aparto y se puso a hablar con un amigo suyo, que ninguno conocía. Al poco tiempo llega Susana, acompañada de sus amigas. Todos imagináis lo que termino pasando. Con un borracho Justo, después de un par de bailes y de ligeros acercamientos, paso lo que tenia que pasar, ante la mirada atónita de una de sus amigas y la de costumbre por parte de otra.
Me aburría demasiado, me pedí otra copa. No estaba Kiko, por lo que me vi obligado a pagarla. Otro bourbon con cola. No me supieron tan bien como el Jack Daniels del día anterior, lo que me hizo pensarme cambiar mis hábitos alcohólicos y dedicarme solo a beber buenas bebidas con hielo.
Isra se largo para casa por razones que solo él comprende. Justo estaba cada vez mas borracho. Lo ultimo que me dijo, antes de dejarme e irse a casa, fue preguntarme como me sentía al ver a todo el mundo borracho. Además, me pidió que hiciera una crónica de lo que estaba viviendo, a lo que respondí que ya tenia intención de hacerlo. Se largo.

Curiosamente, no me apetecía en absoluto irme a casa. Las muchachas estas me propusieron irme con ellas al Atahualpa, a lo que accedí. De camino se encontraron con dos chicos que decían conocerme de verme tocar la batería, cosa que me costo creer por que no me sonaban sus caras para nada. Seguimos caminando hacia el bar, y al llegar y bajar las escaleras, nos pusimos en la zona que esta a la derecha al entrar, donde se pone la gente adinerada, de mas edad, y las mujeres que por norma general quieren resolver su vida casándose con un multimillonario. Pensé que seguramente fue ahí donde Susana conoció al maravilloso Oscar Téllez, su nuevo amante.
Debo decir que ese ambiente se me queda muy grande. Me sentía demasiado poco a la altura de esa basura materialista. Aunque me pedí una cerveza, me la tome todo lo rápido que pude para que la gente que se movía por allí no me contagiara con su altivez.

Me largue. Pero todos sabéis que no me fui a casa, antes tenia una deuda pendiente con mi estomago, el mejor momento de la noche, me hizo pensar que mereció la pena salir:

- Ponme lo de siempre, anda – le digo al camarero del Leonardos.
- ¿Otra vez sobrio, Javi?
- Otra vez sobrio.

2 comentarios:

Jarno Trulli Castaño dijo...

Increible Jarras.
Como escribes!!
es una auténtica pasada!!
buenísimo y desternillante! JAJAJAJA
AJAJ
AJAJAJA
AJAJA
JAJAAJ
AJAJAJAJAJA

israel pareja dijo...

Deberias haber comentado la voz de justo a la mañana siguiente cuando le llamaste para ir al cum laude ajjaja

un besito tutanjaron